viernes, 7 de noviembre de 2008

Calavera local (para Nuye Formidablis)

Pos asegún que nos íbamos a juntar unos amigos que ya casi nunca nos juntamos, pero al final, como siempre, se rajaron, y ya no les pude leer la calavera que, a pesar de mi flagrante pereza, preparé pa la ocasión, y que sigue a estas líneas. [Aclaro que al final ya estaba muy cansado y me fue imposible evitar --pero igual lo lamento-- el ripio ese (jugamos/llamamos)]. Y dice:

- - -

¿Quién iba a decir, qué cosas,
que el Formidable Nuye,
quien busca, encuentra y destruye
a gnolls, goblins, mariposas,
dragones, duendes, esposas
y otras terribles criaturas
habría de morder las duras
piedras, el vil polvo? Hombre
valeroso y de buen nombre
también descansará a oscuras.

Azúcar, como cantaba
la cubana cantadora
al buen Nuye en mala hora
le trajo de calatrava
la cruz con la que peleaba:
una pinche hiperglucemia
que lo obligaba a la abstemia
de toditito lo rico.
Nuye cedió y abrió el pico
para proferir blasfemias.

Y aprovechando la cita,
sin repensar en los males
se comió quince tamales
dulces, cien calaveritas,
cuarenta donitas fritas,
tres litros de chocolate,
dos panes de muerto, un ate,
cuatro helados, seis paletas
y ciento veinte galletas.
—Ora, Nushe, comportate—,

dijo la terrible muerte
con su acostumbrado acento
argentino, ¡qué portento
de vozarrón, qué fuerte!
Le tocó la mala suerte
al buen Nuye, ya ni modo,
de hacer un hoyo en el lodo
—o en la tierra, que es lo mismo—,
de adentrarse en el abismo
y despedirse de todo.

Al réquiem fueron un Chusto
de mirada sospechosa,
un druida, el monje Sosa,
un buen clérigo robusto
—que, aunque un poco a disgusto
intentó con su peyote
y en nombre del tecolote
reanimar al susodicho—,
una bruja con su bicho
y el paladín Asterote.

No se veían hacía años
y no se reconocieron.
Casi hasta que se fueron
se trataron como extraños.
En el recuento de daños
fueron cayendo en cuenta
de que esas cosas lentas,
confundibles con mendigos
eran los viejos amigos
de mil batallas y afrentas.

Era tiempo del viaje;
nuestros héroes, con congoja
y llanto quemaron la hoja
del querido personaje.
Lo metieron en su traje
elegante, el de catrín,
repartieron el botín
y tras diez días de velarlo,
ungirlo y momificarlo
se despidieron por fin.

Decidieron irse juntos
pa recordar los momentos
en que cada uno a quinientos
enemigos daban puntos
finales. Sus asuntos,
no sin poco desacierto,
como todos van despiertos
sin simulaciones charlan.
De pronto apareció Fharlaghn
y les dijo, boquiabierto:

—¡El gran Nuye no está muerto,
sólo está tomando siesta!
¡Hay que armar una gran fiesta,
un gran toquín, un concierto
que celebre al ojituerto
y a su envidiable vida!
¡que cuente las horas idas
y todo el rol que jugamos!
¡Al Dungeon Master llamamos!
¡Que prepare la partida!—

1 comentario:

Karlita Navarro dijo...

Las despedidas son tristes :(

Animo!
Los autobuses, los aviones y los burros, pueden ir, pero también pueden regresar!!!

¡Besos!